jueves, 13 de octubre de 2011

Entre tanto ajetreo y vida estudiantil, Eslovenia es capaz de ofrecer la posibilidad de múltiples viajes. Ya sea a través de su espléndido repertorio o cruzando la frontera, innumerables parajes nos brindan la ocasión de contemplar su fulgor. Algo asiduo en Europa, que desgraciadamente en España no estamos acostumbrados, es el tener a tiro de piedra y en casi cualquier dirección, un nuevo país. Pese a la magnitud de nuestro continente, la mayoría de países no son precisamente grandes y salvando los escandinavos, casi todos los estados contactan sin problema con 4 o más semejantes. Por ese motivo no es de extrañar que un Erasmus en Eslovenia amplíe su internacionalidad. Quizás un poco lejos, pero no más que un Almeria – La Coruña, se encuentra Cracovia de Liubliana.

Mi viaje a Polonia, el primero de un Marmaneu en tierras polacas, no comenzó exactamente como me había imaginado. Tras un inoportuno retraso del autobús, descubrimos que la estima de 12 horas podía tranquilamente convertirse en 16. Durante el recorrido poco a destacar, quizás lo único relevante fue que por primera vez crucé la frontera de 4 países diferentes: Eslovenia, Austria, Eslovaquia y Polonia. Físicamente hicimos paradas en Graz y Viena (Austria) y Bratislava (Eslovaquia) por lo que puedo decir con total impunidad, que he estado en aquellos lugares, pero moralmente no consideraría lícito tal afirmación, pues no pude más que gozar de las posibilidades que las gasolineras ofrecían. Otra de las cosas que debo comentar muy a mi pesar, ya que no me gusta destacar lo negativo, fue la organización del viaje. Cierto es, que es muy cómodo ser partícipe de un viaje organizado, no tienes más que aflojar el dinero y el resto corre por cuenta de los monitores, pero esta vez, esa comodidad se tornó en incompetencia. Para ejemplificar mi calificativo no tengo que adelantarme mucho los acontecimientos. A la llegada a Cracovia, exhaustos de la odisea y desesperados por una cama, nos encontramos con una pequeña sorpresa, los organizadores no habían cambiado de moneda (el zloty es la moneda oficial de Polonia) por lo que no podían pagar. Por momentos toda aquella muchedumbre temió por su integridad y hasta los más pesimistas se vieron durmiendo en la calle. Como comprenderéis no fue así. Generosos los encargados del albergue nos permitieron residir en sus habitaciones “gratis” aquella noche a cambio de ofrecerles nuestro, sumamente importante, documento de identificación. Así pues hasta que no les vino en gana pagar estuve indocumentado y vulnerable frente a una posible multa. En fin, nefasta intervención de los organizadores a pesar de la cual, no consiguieron aguar las expectativas polacas.

Imágen del Escudo de Polonia, estampado en la puerta de Florian, entrada a la ciudad vieja de Cracovia.


En cuanto a Cracovia, no me atrevo a extrapolarlo a Polonia entera, aunque sinceramente creo que no erraría mucho si lo hiciera, es una ciudad un tanto descafeinada. Por un lado tiene una cultura, historia, tradición y patrimonio inmenso y muy destacable, pero por otro lado parece estancada un poco en ese lúgubre pasado. La falta de progreso, solo hay que apreciar el bajo nivel de vida, hace que la ciudad esté un poco parada, como ajena al desarrollo. No obstante, y es algo a mi parecer positivo, esa carencia de prosperidad (entíendaseme), le hace conservar ese deje y esa inocencia de un país que está al margen de los grandes movimientos internacionales, vuelvo a hacer hincapié, entíendaseme. Para completar la descripción del aspecto de Cracovia, solo hace falta conocer un poco el tiempo y el clima del norte de Europa, donde el triste es el color predominante y la humedad impregna todos los rincones con su incontestable tono, aroma y parecer.

Fotografía antigua de Cracovia donde se aprecia el casco antiguo.


Como decía, su patrimonio es muy extenso, tanto que los señores omnipresentes de la Unesco, decidieron catalogar, para su preservación y difusión, la ciudad de Cracovia dentro de la lista de Patrimonios de la Humanidad, bajo el nombre de: Centro histórico de Cracovia (1978). Incluido en él podemos diferenciar tres claras zonas: el Castillo de Wawel, el centro antiguo de Cracovia y el núcleo medieval de Kazimierz. De todos ellos adjunto alguna foto que os intente ilustrar, pero para el más curioso e impaciente os adelanto a modo de resumen, no puedo explayarme en cada uno, algo de información. El Castillo de Wawel fue durante su reinado, residencia oficial de los reyes de Polonia y en su interior, en la catedral de San Wensceslao y San Estanislao, residen los restos de la mayoría de ellos. Por otro lado el centro antiguo, delimitado por las murallas, alberga en su interior la plaza del mercado, la más importante de la ciudad, donde se erige imperiosa la basílica de Santa María. También justo en el centro de la plaza la Antigua Lonja de los Paños (Sukiennice) acapara parte de protagonismo, en la actualidad hace las veces de mercado y en su segunda planta se sitúa una sede del museo nacional. Por último el barrio Kazimierz, está considerado como el barrio judío por antonomasia y comprende una serie de sinagogas e instalaciones todas ellas de carácter hebreo.

Castillo de Wawel, uno de los tres bloques incluidos en el Patrimonio de la Humanidad: Centro histórico de Cracovia.
Patio interior del Castillo de Wawel, Cracovia.
Antigua Lonja de los Paños (Sukiennice) en la plaza el mercado, ciudad vieja de Cracovia.
Basílica de Santa María, en la plaza del mercado, ciudad vieja de Cracovia.
Barrio de Kazimierz, barrio de sinagogas y tradición judía.


Por que no solo de patrimonios vive Cracovia, la ciudad alberga muchas más construcciones reseñables. Entre las que pude visitar está la famosa fábrica de Schindler que gracias a la película de Spielberg “La lista de Schindler” se dio a conocer mundialmente. En está fábrica, reformada en museo, se puede intentar comprender un poco más la vida de los habitantes judíos polacos durante la 2ª Guerra Mundial. Detalles, recuerdos, videos e imágenes hacen posibles meterse un poco más en la piel de estos hombres incorruptibles.

Sala interior de la Fábrica de Schindler. En imagen la esvástica, símbolo adoptado por los Nazis.


No acabando aquí la cosa, espero que para regodeo de muchos, de nuevo el acervo de conocimientos inundó mi mente esta vez por partida doble en sendas visitas a las Minas de sal de Wieliczka y al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Pese a las posibles reticencias de algunos, debo volver a ser repetitivo y comentar que ambos lugares también están incluidos dentro de la lista de Patrimonios de la Humanidad. Sin alargarme demasiado, comentar que las minas fue la parte que mayor decepción, o mejor dicho, menor emoción, causo en mi. Dejando a un lado la salvedad de que solo por el hecho de ser algo novedoso y único, ya es para mi impactante, la verdad es que no quede del todo complacido. Lejos de los motivos por los que fue incorporada en el listado de la Unesco (no cuestiono el impacto que tuvieron las minas en la sociedad desde el s.XIII, ni el aporte económico que generaron, ni la laboriosidad de sus galerías), a mi entender la espectacularidad del lugar es incompatible con la explotación turística de la zona. Creo que pude paladear solo una pequeña porción de ese gustoso plato salado y para mas inri compartiéndolo con los incontables visitantes que año tras año excavan un poco más sus galerías. Por que cuando un Patrimonio se convierte en museo, se convierte precisamente en eso, un museo y poco o nada tiene entonces de particular.

Edificio exterior de las Minas de Sal de Wieliczka.
Minas de sal de Wieliczka, Patrimonio de la Humanidad.
Sala interior, a 130m de profundidad, de las Minas de sal de Wieliczka.


El plato fuerte sin duda, culmen del viaje y éxtasis de mis pupilas, fueron los sobrecogedores campos de concentración de Auschwitz-Birkenau. Con la cámara repleta de imágenes, ninguna, creo, hace sombra al apogeo visual y luminoso que en aquellos campos se dieron cita. Cielos resquebrajados que iluminaban a ráfagas y llenaban de matices una atmósfera cargada de sentimientos, sudor, sufrimiento y llantos. El verde de la hierba resaltaba firme en contraste con el barniz de las maderas de los barracones y una horda de flashes se inspiraban para captar hasta el mínimo detalle. No puedo explicar lo que allí sentí, dejemos a un lado la historia, todos sabemos que ocurrió, como aconteció y de que manera finalizó, pero la sensación de estar allí es única. De una manera u otra todo te resulta familiar, incluso empiezas a creer en la empatía, sientes compartir el dolor allí derramado y de repente la solemnidad llega a tu ser. ¡Demonios! Si es solo un campo, pero esa es la magia que por allí circula. No sabes como, pero tu mente hace un viaje en el tiempo, para ver reflejado cada instante, para sentir cada sensación y para entender un poco más la historia de la humanidad.

"El trabajo hace libre" lema de la entrada del campo de concentración de Auschwitz.
Entrada de Auschwitz II (Birkenau), Patrimonio de la Humanidad.
Imagen de Auschwitz II (Birkenau).

domingo, 2 de octubre de 2011

Todas las aventuras que comienzan, terminan, todo origen tiende a su final y aunque en biología estemos acostumbrados, esta vez no creo que vaya a ser una excepción a la regla. El tiempo, ese sencillo cúmulo de letras que sin duda ejerce un poderoso embrujo, pasa descaradamente rápido cuando uno disfruta de lo que hace. Es exactamente esa la sensación que tengo a día de hoy, donde 30 precisos días han dado paso a mi primer mes en Eslovenia.

Una de las primeras impresiones que tuve al llegar al país de los dragones es que todo aquí parece nuevo, todo en Eslovenia está impregnado de ese matiz como de recién hecho. En un país relativamente joven, con no más de 20 años (aunque colosal historia) y tras una guerra de independencia más o menos cruenta, todo tiende a la integración y a la regeneración. Liubliana tiene la peculiaridad de sorprenderte desde múltiples puntos de vista ya que por un lado, es una capital europea, con su correspondiente sede del gobierno, edificios institucionales, embajadas... etc. pero por otra parte sigue sin perder el romanticismo que le confiere el ser un pueblo grande, ese toque místico de Europa central donde la gente liberada de su pasado, empieza a expandir sus inquietudes y promocionar sus conocimientos. Apenas conozco más que la capital, tiempo al tiempo, pero por lo que he podido investigar, este es un país mágico, con un enorme potencial y unas grandísimas expectativas que solo tienen que esperar a ser descubiertas, el resto caerá por su propio peso.

Río ljublanica con la Iglesia Franciscana de la Anunciación de fondo.

Río ljublanica y su ribera.

Como bien he dicho, de momento solo he tenido tiempo de conocer, o mejor dicho, de rasgar la superficie de mi nueva ciudad. A nivel turístico he de confesar que Liubliana no se puede equiparar a grandes ciudades como Roma o París, la oferta turística es quizás en ese sentido un poco deficiente, ya que salvando su majestuoso castillo del s.XII y la ribera del río ljublanica, no hay grandes construcciones o parajes donde perder más de 15 minutos. No en vano el aire que emana esta ciudad es muy poderoso e incluso es capaz de anular esa sensación que trato de explicar. Eso es tal vez lo bueno que tiene, que al final del día puedes estar completamente satisfecho, pero a veces se echa de menos un poco más de historia, el vivir a la sombra les ha pasado factura. 

Fachada de la galería nacional.

Sede institucional de la Universidad de Liubliana.

Emblema de la ciudad, coronando el puente de los dragones.

Lateral del casillo de Liubliana.


Con respecto a la gente y sus costumbres, a primera vista se puede pensar que son un poco fríos e independientes. Aquí cada uno va a su aire y a sus menesteres y si tu no reparas en ellos, difícilmente vas a obtener alguna reacción. Podría definirlo, para entendernos, como esa típica sensación europea de frialdad, aunque indagando en el asunto se podría redefinir como serenidad o sosiego. No obstante una cosa no quita la otra y en cuanto te acercas a ellos, ofrecen todas sus cualidades sin dudarlo, son personas distantes, pero que si te molestas en conocer llega a descubrir todo su potencial. Serviciales y generosos una vez rota la barrera, se abren ingentes con increíbles y altruistas resultados, esa reticencia inicial parece obra del pasado cuando simplemente mantienes una conversación de 15 minutos con ellos.

Plaza Presernov, centro neurálgico de la ciudad y lugar de quedada principal.

Otra de las cosas que me ha llamado mucho la atención es su aspecto. Se que es inevitable el pensarlo, pero cuando viajas es muy importante desechar todos los prejuicios y conceptos que se tienen de antemano. Para poder contemplar Eslovenia en toda su plenitud y poder disfrutar de sus habitantes es imprescindible estar receptivos a los nuevos cambios que implica una nueva cultura. Como decía sus rasgos físicos son mucho más mediterráneos de lo que imaginaba y el rubio por raro que parezca, no predomina sobre el moreno. Ademas parece que tienen una amplia cultura deportiva puesto que a todas horas del día encuentras gente haciendo deporte. El que no monta en bici, juega en un equipo de fútbol o baloncesto (los dos deportes de “verano” más populares) y el que no tiene tiempo simplemente sale a correr. No he profundizado mucho en el tema, pero parece que el sobrepeso no es tertulia de interés nacional, tanto hombres como mujeres cuidan su figura y su aspecto.

En cuanto a su gastronomía (ya veis que estoy intentando hablar un poco de todo, siento se hace largo) poco he podido conocer, más que nada por que la economía invita, a pesar de lo económico que resulta comer siendo estudiante, a elaborar mis propios platos en la cocina de mi residencia. Donde más he podido disfrutar de su típica comida es tras los entrenamientos de rugby, ya que como expliqué, tienen costumbre de cenar todos juntos. Verduras y carne creo que son las estrellas del mercado, por contra el pescado, salvo los calamares, más bien escasea. Por otro lado tengo que destacar tanto el horno esloveno como sus derivados lácteos. El pan, bollería y demás productos típicos, tienen aquí un gusto muy especial, supongo que normal, pero acostumbrado a la harina y trigo español todo lo que pruebo aquí me sabe a rústico. 

Imagen del mercado de Liubliana.

He querido con esta entrada intentar explicar lo que no son situaciones o acontecimientos especiales, si no simplemente el día a día y trato con lo eslovenos. Próximamente empezaré por fin las clases de la universidad así que intentaré contaros eso en otra ocasión.
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